• Huayna Potosí
    Huayna Potosí

    Encima de La Paz, Bolivia.

  • Sierra Nevada del Cocuy
    Sierra Nevada del Cocuy

    De izq. a dcha. Ritacuba Blanco, Picacho, San Pablines, Cóncavo y Pan de Azúcar. (Colombia).

  • Camino real Guaduas - Honda
    Camino real Guaduas - Honda

    Ensamblado de Piedras.

  • Frailejones debajo del Ritacuba Negro

    Sierra Nevada del Cocuy. Colombia.

  • Laguna Chinancocha
    Laguna Chinancocha

    Valle al norte del Huascarán, en la Cordillera Blanca, Perú.

  • Volcán Cotopaxi (5.897 m)

    Travesía del laberinto de grietas en el descenso del Cotopaxi, Ecuador.

  • Valle de Ishinca
    Valle de Ishinca

    Guía quechuahablante con burro, que carga nuestros morrales (Cordillera Blanca, Perú).

  • Ascendiendo al San Pablín Norte (5.240m)

    Sierra Nevada del Cocuy. Colombia.

  • Pan de Azúcar (5.180 m)
    Pan de Azúcar (5.180 m)

    Descendiendo de la cumbre. Sierra Nevada del Cocuy, Colombia.

  • Ascenso al Nevado Ishinca
    Ascenso al Nevado Ishinca

    A la izqierda, el Palcaraju (6.110m) y a la derecha Ishinca (5.530m), Cordillera Blanca, Perú.

  • Camino real Guaduas - Honda
    Camino real Guaduas - Honda

    Construido durante la Colonia por los españoles.

  • Macizo del Condoriri
    Macizo del Condoriri

    Cordillera Real, Bolivia.

  • Laguna de la Isla
    Laguna de la Isla

    Sierra Nevada del Cocuy, Colombia

  • En la cumbre del Chimborazo
    En la cumbre del Chimborazo

    Los amigos Gabriel y Eduardo cubierto de hielo (Enero 2012, Ecuador).

Está aquí: HomeSierra Nevada del CocuyInformación generalHistoria: excursión al Nevado del Cocuy (1938)

Historia: excursión al Nevado del Cocuy (1938)

 

 

Por fin encontré este año en el señor Lampl un compañero suficientemente entusiasta para acompañarme a la Sierra Nevada de Chita o Nevado del Cocuy, excursión planeada por mí hacía largo tiempo. En los primeros días de febrero, el mal tiempo nos hizo regresar de Soatá. Pero luego el capitán Klaus, piloto de la Scadta, tras consulta de los datos meteorológicos de Tame, El Morro y Bucaramanga, se decidió a ir con nosotros y la fecha de salida quedó fijada para el 4 de marzo de este año.

Hicimos una corta visita a la resplandeciente laguna de Tota, bajo un cielo purísimo y regresamos a Sogamoso, emprendimos marcha en automóvil a Soatá, atravesando el páramo solitario de Guantiva, cuya melancolía realza el murmullo lejano del Susacón. En Soatá nos alojamos en el flamante Hotel Ritz, para madrugar en busca de bestias que nos llevaran al pueblo de El Cocuy. Nos pusimos al habla con don Germán Rubiano, guardián de la cárcel, entre la algarabía de sus gallos finos, y con don Alfredo Rosas que pasaba coincidencialmente con tres mulas de carga. Y es bueno consignar estos datos, para mayor facilidad de los que por ahí se atrevan, así como el de los $ 26 que nos costó el flete de cinco bestias y el de que esos amables caballeros no dialogaron con nosotros la hora usual que esos arreglos demandan. Ese mismo día, a las 2:00 p.m., nos encaminamos para La Ubita, por el valle del río Chicamocha, entre el sauce largo, «salis humboldis», los platanales y cañaduzales de las vegas de las quebradas y los cactus gigantescos y pequeñas palmeras que puntúan la aridez general del paisaje. Cruzando el"punto más bajo del camino, el puente Próspero Pinzón, a los 1.460 metros de altura, empezamos a ascender por cuestas rojas desgarradas por las lluvias. Un sol tibio acariciaba el valle que nos conducía al pueblo de La Ubita.

Llegamos a Boavita, cayendo la tarde; entre el verde claro de las plantaciones de caña de azúcar, que contrastaba con el sordo azul de las montañas aparecían los tejados de los trapiches y los ranchos. Un vaho de guarapo llenaba el aire tibio: era domingo, día de mercado y los campesinos aún demoraban por las calles del pueblo; pero nosotros seguimos hasta llegar, entradas las siete, a la pequeña y simpática posada que ostentaba el nombre de Hotel. A la urgencia de nuestros golpes salió una muchacha a decirnos que el cupo estaba lleno, y cuando, ya resignados, partíamos, don Gabriel Villamarín, del Cocuy, nos ofreció galantemente compartir con nosotros su pieza. Solucionado el problema de alojamiento, la cocinera se apechó con el del comis, caldo de huevos reconfortante que hubimos de ayudar de nuestras alforjas, para hallamos con la noticia de que don Alfredo le temía al páramo de El Escobal y se había autorreemplazado con Pacho.

Pasamos buena noche; tras la inútil madrugada, salimos a las siete y a la hora de duro camino, frente a una tenducha, Pacho enderezó las cargas, tomó alientos con su vaso de guarapo y adquirieron aliento las mulas con la indispensable panela que consigo lleva el viajero de experiencia. La mañana era fresca; un sol brillante iluminaba, al fondo del valle, el poblado de donde habíamos salido. Otra hora, cuesta arriba; volvió la tristeza de los páramos; lívidos musgos tejían bordados de infinita delicadeza entre las ramas secas de los árboles; aquí y allá asomaba su cabeza, entre el espartillo, un frailejón anciano. Habíamos llegado al alto del Cañutal. Croar continuo de ranas. Enormes piedras sueltas en la senda, casi intransitable, y Pacho: «Verdá, no ta muy güeno el caminito, patrón; pero ah caminito pa ponerse jeo en invierno...». —A las once llegamos a un rancho solitario, ‘Agua Bendita’, perdido entre los páramos; un vientecillo cortante nos obligó a calamos las ruanas. Frailejones gigantescos, hasta de 4 metros, dominaban el paisaje, diferenciándose de la espeletia común en la falta de pelusa, reemplazada por una hoja coriácea grande. La monotonía del paisaje la rompían vistas ocasionales sobre el valle del Chicamocha, envuelto en un azul fuerte. —A las doce pasadas nos detuvimos en El Escobal y contemplamos por primera vez la Sierra Nevada del Cocuy, que a la sazón cubrían las nubes. De nuestra absorta contemplación nos sacó la voz de don Gabriel, que nos alcanzaba, doliéndose de que ese paisaje, el más bello de Boyacá y, tal vez, de la República, fuese restado de esplendor por el cielo encapotado; la voz de don Gabriel temblaba de orgullo.

Empezamos a descender hacia El Cocuy, al que llegamos tras un caldo caliente, pan, cuajada y panela y un duro camino, a eso de las tres de la tarde. El Cocuy es un pueblo bastante grande y simpático que goza de cierta tradición y de un hotel llamado BEN HUR, que rodea un turba de chiquillos. Don Aníbal Quintero, el propietario, dio la orden de alojarnos en la pieza non-plus-ultra. Despedimos a Pacho y las bestias y nos dedicamos a bizmar ciertas molidas partes de nuestras anatomías y a refocilamos con cerveza. Yo me fui a la «calle caliente» en busca de bestias para continuar el viaje; encontré a un tal Joaquín, muy oloroso a chicha, quien me dijo que todas las buenas andaban por los páramos recogiendo la cosecha de papa, pero que él tenía unas y que me las alquilaba por cincuenta pesitos. Dejé a Joaquín con su totuma y regresé a contar mis cuitas a don Aníbal, quien resultó tener, por cinco pesos, una yegüita; y un don Víctor Vera, de por ahí cerca, a cinco juertes cabeza me alquiló tres mulas. Descubrí a José, el muchacho, y —siguiendo el ejemplo de mis compañeros— estiré la osamenta.

A buena hora nos levantamos.., pero, aquí de la tragedia usual: no aparecían las bestias; transcurrían las horas y... nada. Al fin, a las nueve, llegó la yegüita; a las nueve y media, las otras tres. Pero faltaba la quinta y José. Vuelta a don Gabriel, quien me prestó su formidable macho particular. Pero el tal José no aparecía; al fin lo descubrí en la Notaría «prestando una firmita». Eran las doce. Desesperación. Pero los compañeros se habían conseguido a Luis, otro muchacho, y —dejando al primero «prestando sus firmitas»— emprendimos marcha hacia la cueva de San Antonio.

A la hora de camino nos detuvimos a almorzar, en medio de un paisaje delicioso: por doquier, los campos se hallaban cultivados de papa y cebada; los campesinos se aprestaban a recoger el fruto de sus labores. Allí nos alcanzaron los dos hijos de don Gabriel, charlando con los cuales llegamos al Alto. Desde allí se nos descubrió, casi íntegra y limpia de nubes, la majestuosa Sierra. Eran las tres; ojalá haya quedado en nuestras fotografías algo de la grandeza del paisaje. Bajamos lentamente al valle de la Cueva, teniendo al frente los picachos esplendorosos, centellantes de luz de atardecer; y, pasadas las cinco, llegamos a la hacienda la Esperanza, en donde nos acogió gentilmente don Leonidas Núñez Millán y su señora. Descargamos, llevamos las bestias al potrero y nos instalamos. Ya se comenzaba a sentir la proximidad de los nevados; hacía un frío de dos grados bajo cero, seco y agradable. La noche avanzaba sobre los picos y descendía por las hoyadas; lucecillas titilantes en la inmensidad de sombra revelaban algún rancho solitario; las ranas de los páramos le ponían puntos suspensivos al silencio hondo de las alturas, marginado por el murmurar discreto de las pequeñas quebradas. Unicamente en los más altos picachos temblaba todavía un débil halo de luz.

Queso, panela, un poco de té caliente; bocanadas de humo de la pipa y... al puro suelo, a pasar la noche más incómoda de todo el viaje. A las cuatro de la mañana nos hizo saltar el frío intenso; la sierra dormía aún en su manto de escarcha; una capa de hielo cubría los pozos. Seis grados bajo cero. ¡Uf! Pero era señal de que un bello día hallábase desperezándose en los Llanos para venir a nuestro encuentro sobre el techo del mundo.

A las siete partimos, acompañados de don Rafael; no tardamos en pasar una cascada que forma el río Cóncavo al precipitarse desde el plan de Los Tobitos al valle de la Cueva. Siguiendo el cauce del río, llegamos a la planada, quizás el fondo de una antigua laguna glacial. Desde allí vimos las rocas de El Purgatorio, el Cincho de los Galanes y —por primera vez— el famoso Púlpito del Diablo, al que íbamos a arrebatar la virginidad de sus nieves. A las dos horas más de marcha llegamos al límite de la vegetación y, al pie de morrenas gigantescas y a orillas de un riachuelo, armamos tolda y recogimos leña y frailejón. Estábamos a una altura de 4.250 metros. Nos despedimos de don Rafael y de las bestias y partimos en dirección de los nevados a escudriñar la región y estudiar la mejor ruta de ascenso. Nos sorprendió una serie de pequeñas lagunas al pie del hielo, dándonos la sensación del ártico en plena latitud tropical. Témpanos de hielo se mecían sobre el agua gris; otros se recostaban a la orilla; al fondo se levantaba una pared de cincuenta o sesenta metros, de hielo sólido, en cuyas aristas jugaba una gama de colores del azul ultramarino y el cobalto, el violeta y el verde al rosado y el púrpura, demostrando el espesor de la capa glacial. Largo rato quedamos contemplando esa tranquila belleza, coronada de blancas crestas, bajo el índigo del cielo, y no pudimos menos de confesar emoción, al regresar a la tolda.

krauss_1938Muy a las seis, al día siguiente, con una temperatura de cuatro grados bajo cero emprendimos marcha el señor Lempl y yo. A las dos horas nos encontramos al pie de la nieve en el costado noroeste del cerro. La ruta, sobre las enormes piedras de las morrenas, negadas caóticamente sobre todo el terreno, era muy penosa; muy de vez en cuando, un frailejón asomaba la cabeza entre los pedrancones. A las nueve y media llegamos al pie del hielo. No pusimos crampones en las suelas de las botas y nos atamos por medio de una cuerda sólida. Empuñando los picos, nos dimos a la tarea de escalar los peñascos; el sol calentaba un tanto y el viento había calmado. A las doce salimos de la pendiente más fuerte, a los 5.200 metros. Nos detuvimos por un cuarto de hora para comer un poco y deshacernos de los morrales. Seguimos por un plano de menos pronunciada inclinación, dejando el famoso bloque del Púlpito a mano izquierda, y no tardamos en llegar a la última pendiente, esa sí bien parada, que se interponía entre nosotros y nuestra meta.

Tuvimos que hacer peldaños en el hielo con los picos para poder escalar la rampa de más de 60 grados. A las dos y cuarto exactas vimos coronados nuestros esfuerzos al paramos sobre la misma cúspide del cerro (5.420 metros). A nuestra vista se extendía la cordillera hasta el pico Ritacuba, los de Güicán, los Cóncavos, el Pan de Azúcar, etc., al norte. Al oriente se extendía la inmensidad de los Llanos, cubiertos de humo, y —al pie de la cordillera, entre neblinas— la laguna de La Plaza. Al Occidente, cresta tras cresta, se regimentaba la cordillera Oriental. Hacia el sur, las puntas del Campanilla. Depositamos en toda la cúspide del Púlpito del Diablo una cajita, fijada a una argolla de hierro que clavamos en el hielo, en donde dejamos anotada la fecha y la hora de nuestra ascensión, 10 de marzo de 1938. La temperatura ambiente era de un grado bajo cero; el cielo no tardó en toldarse y resolvimos el descenso, afanados por la niebla, muy desagradable en aquellas alturas; recojimos los morrales y a las cuatro y media salimos del hielo. Entonces caímos en la cuenta de nuestro cansancio; nos echamos al borde de un arroyuelo, comimos algo y reposamos por una hora. A las siete y media de la noche, por el mismo camino de subida, regresamos a la tolda, acogidos clamorosamente por nuestro compañero Klaus, que nos había estado observando durante todo el ascenso.

Al día siguiente, a muy buena hora, plegamos tolda y dijimos adiós a la nieve, lamentando la despedida. Pronto llegaron el muchacho Luis y don Rafael, con las bestias. Cargamos y nos fuimos. Bajo nuestra larga mirada quedaban las blancas montañas silenciosas, entre el azul profundo de las sombras. Un gavilán solitario, cerniéndose en lo alto, lanzaba de vez en cuando su agudo chillido...

Fuente: http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/faunayflora/paramo/erwin.htm

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Última actualización el Jueves, 31 Enero 2013 21:09

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